TRUMP: PIEDRAS CONTRA TU PROPIO TEJADO

La reciente victoria contra todo pronóstico de Donald Trump en su carrera por la presidencia de los EEUU, deja un camino de incertidumbre en todo lo que al comercio internacional se refiere.

Hasta ahora, no había duda de que se seguía una tendencia de progresiva reducción de aranceles y firmas de tratados de libre comercio entre disintos países, (como el Acuerdo Transpacífico) y pudiendo vislumbrar casi el de la Unión Europea con EEUU (TTIP). La prácticamente segura victoria de Hillary Clinton consolidaría esta tendencia a favor del libre comercio.

La sorprendente victoria de Donald Trump deja un escenario sin precedentes. Una de sus primeras medidas como Presidente fue retirarse del Acuerdo Transpacífico, por lo que podemos tomarnos medianamente en serio sus amenazas de reestablecer un arancel con México, para sufragar el polémico muro fronterizo.

¿Vuelve el mundo entonces a una tendencia proteccionista? ¿Comenzará así una nueva guerra de aranceles para “proteger” las economías domésticas? Personalmente no lo creo. Es cierto que el presidente de la nación más poderosa de la Tierra puede influir mucho con sus decisiones, pero se encuentra prácticamente sólo en sus postulados. El reciente acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y Canadá lo confirma. Incluso Reino Unido con su Brexit traga saliva cada vez que oye hablar de la vuelta a un arancel con la UE como consecuencia de su salida de la misma. Y desde luego las potencias comerciales emergentes como China, India, Rusia, Brasil, México o Turquía son las menos interesadas en una “rearancelización”. Un solo presidente de los EEUU no puede contra todo esto, creo yo.

¿Qué le queda a Trump entonces? Bien asumir que la vuelta a los aranceles era un farol, bien seguir con sus pretensiones iniciales. En este caso, y si bien a corto plazo pueda percibirse una reindustrialización en los EEUU, a medio y largo plazo serán consumidores y fabricantes americanos los que tengan que pagar los experimentos del Presidente Trump. Está históricamente demostrado que los aranceles son un remedio aún peor que la enfermedad que se llama falta de competitividad. Tirar piedras contra tu propio tejado. Y explicaré por qué.

Si lo que pretendemos con los aranceles es proteger nuestra industria, lo que estamos haciendo también es encarecer nuestras importaciones. Muchas de estas importaciones pueden ser materiar primas o piezas que se van a usar en procesos productivos nacionales, con lo que en realidad estamos encareciendo el género, ya que el coste de estos aranceles tendrá que repercutirse en el mismo producto. Aún es más grave si queremos exportar este mismo bien, ya que si se entra en una guerra comercial, los demás países no tienen por qué quedarse de brazos cruzados y también podrían poner aranceles a la importación de productos americanos. ¿Alguien se ha planteado cuanto podría llegar a costar un iPhone fabricado en EEUU? ¿2000€? ¿2200€? ¿Cuántos iPhones se podrían vender bajo esas condiciones? Del sector del automóvil mejor ni hablar.

En conclusión, como sucede en todos los populismos, las soluciones mágicas con las que se pretenden resolver los problemas parecen preciosas de viva voz pero traen terribles consecuencias aplicadas en la realidad. Seguiremos atentos para descubrir si gana el fanatismo o la razón.

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